martes, mayo 20, 2008

Otra de mis pequeñas andanzas.

En una esquina del Bulevar Artigas muy concurrida, había un señor, sentado en el piso, pidiendo limosna; realmente parecía con dificultad para moverse. Por ser religiosa no suelo dar limosnas; así que siempre trato de, al pasar, saludarlos con una sonrisa. Esta vez, hice lo mismo y seguí, cuando siento que el hombre me llama:
- Hermana ¿podría hacerme un favor?
Retrocedí.
- Sí, por supuesto. Si puedo...
- ¿Podría comprarme, en la panadería de aquí a la vuelta, unas galletas?
Me encantó el pedido. Limosna no le daba, pero ¡qué mejor que darle una mano!
- Malteadas y sin sal, vienen en paquete (recordar que –argentina en Uruguay- no dejo de ser forastera). ¿Cuánto costarán?
- ¡Ni idea!, pero las compro y después te digo.
Partí a la panadería. Me dijeron que malteadas, sólo con sal. Tenían que ser magras o marinas. Volví a preguntarle cuál de las dos.
- Las más baratas ¿Cuánto cuestan?
Yo, tonta, no había averiguado. Me dio $30 en moneditas.
Volví a hacer la compra. Costaba $34,- por lo que puse cinco míos y me devolvieron uno. Se la llevé a mi amigo, le entregué el paquete y me preguntó el precio; me dió cinco pesos, y le devolví uno.
Nos saludamos los dos, y me iba muy contenta.
A los dos pasos:
- ¡Hermana!
Volví a darme vuelta:
- ¡Rece por mí!
- ¡Sí por supuesto! ¡Y vos por mí también!
- ¡Sí, yo también! ¡Chau!
- ¡Chau!
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Me encantó el encuentro.
Estas son las alegrías que da el usar hábito religioso.

5 comentarios:

Alemamá dijo...

¡Qué lindo y que bien contado!
Un beso

Silvia García dijo...

Creo que siempre este tipo de encuentros nos dan alegría, más allá del hábito religioso.
Es como si uno siguiera caminando más liviana.
A mi me pasa también cuando ayudo a cruzar la calle a una persona mayor, o ciega, enseguida entablo unos minutos de charla que me dejan estupenda.
Un abrazo

hna josefina dijo...

Por supuesto Silvia que estas cosas alegran en serio.
Me refería a que, estoy segura, que él no me llamó a mí en medio de tanta gente por mi linda cara, ni siquiera por la sonrisa porque yo la hice al pasar; pienso que me llamó, y me dio sus moneditas para que fuera, porque confió en mí, en que podía pedírmelo y que podía darme el dinero. Y creo ¿no te parece? que porque vio que era una monja. Sin hábito, hubiera sido igual una monja, pero él no se habría dado cuenta. Por eso lo pongo, nada más.
Por otro lado, lo valioso es el encuentro. Lo del hábito sólo un comentario, una pequeña confirmación de que muchas veces ayuda.
Un abrazo.

Bender dijo...

hace poco me paso casi lo mismo, pero no le entendi nada al mendigo y le puse una excusa cualquiera y me fui ligerito... me arrepenti toda la mañana ouch!

hna josefina dijo...

¡Hola!¿Cómo llegaste?
Pasé por tu blog, le dí un vistazo pero no me animé a comentar. Me pareció re-específico.
¡Volvé cuando quieras!